Sri lanka mujeres solas

La editorial Libros del K.O. acaba de publicar Abrir el melón. Una década de periodismo feminista, donde se recopilan 10 años de textos periodísticos de June Fernández, fundadora de Píkara Magazine. Textos sobre la cultura de la violación, los costes emocionales de los tratamientos de fertilidad, las bondades de la menopausia, los discursos de las gitanas y de las cristianas feministas, las intervenciones médicas a bebés intersexuales, la existencia de porno feminista y de reguetón queer… Textos que, como afirma la editorial «funcionan como bálsamo pero también escuecen».

Aprovechando la ocasión, ofrecemos en abierto el capítulo que Fernández escribió junto a Cristina E. Lozano para nuestro número especial A bordo del género, sobre la diversidad de género y opciones sexuales y su relación con el viaje.

El mensaje patriarcal «no vayas sola» limita la disposición de las mujeres a viajar sin varón. En su camino las viajeras encuentran acoso sexual, agresiones verbales o físicas y prejuicios machistas que afrontan con estrategias de autodefensa y sentido común. Ellas lo tienen claro: viajar en solitario enriquece y empodera.

Mar (nombre ficticio) decidió ir a ver a una amiga durante sus vacaciones. Viajaba sola. Durante el trayecto necesitó dejar la maleta unas horas en la estación de autobuses. Preguntó en consigna y el empleado, un hombre de mediana edad, la miró de arriba a abajo y le dijo: «Puedo ser bueno». «¿Cómo?», contestó ella desconcertada. «Si tú eres buena conmigo, yo puedo ser bueno contigo». Mar advirtió al empleado que denunciaría su insinuación sexual y le sacó una foto que difundió por las redes sociales para que el incidente no quedase impune: la empresa de autobuses se negó a identificarle y a tomar medidas contra él, amenazando a Mar con denunciarla por difamación.

Este episodio no ocurrió en un destino turístico remoto, sino en Granada, España. Las mujeres topan con el marcaje y el acoso machista en viajes nacionales e internacionales, pero también lidian con él en su día a día en el trabajo, en la discoteca, en el transporte público. En cada país toma formas diferentes, se expresa de forma apabullante o sutil, e implica que las mujeres se muevan, por sus ciudades y por el mundo, en un estado de alerta más o menos consciente.

No vayas sola; no viajes sola

Eider Elizegi es escaladora, escritora y «vagamontañas». Vivió cuatro meses en el refugio de Goûter del Mont Blanc, a 3.817 metros de altura. Lo cuenta en el libro Mi montaña. Después se perdió por los Andes, y pasó una temporada de montañera nómada viviendo en una furgoneta. No recuerda haber hecho renuncias concretas en sus viajes por el hecho de ser mujer, pero tiene «cierta sensación de vulnerabilidad que luego se va disipando». «No tengo muchos miedos, pero sí una conciencia racional de que mi cuerpo puede ser leído como violable», explica.

La periodista feminista Susan Brownmiller fue una de las primeras autoras en hablar de la cultura de la violación. Ella entiende las agresiones sexuales no como conductas aisladas de individuos inadaptados, sino como una amenaza sobre la que se articula un mecanismo de control de las mujeres: el miedo a ser violadas limita su autonomía y libertad sexual. «Desde pequeña te están diciendo “no pases sola por este parque, no vayas sola, porque te va a pasar algo”», explica Miriam Lucas Arranz, psicóloga especializada en violencia de género. A veces se explicitará más, otras no hará falta: todo el mundo sabe que ese «te va a pasar algo» se refiere a situaciones de abuso o de acoso sexual. No extraña, por ello, que la red social para compartir vehículos BlaBlaCar ofrezca a las usuarias la opción de que sus anuncios sólo sean visibles para las mujeres, alegando que «puede ocurrir que algunas mujeres todavía no se sientan cómodas si viajan con un hombre desconocido». No utiliza palabras como violación o acoso, pero pueden leerse entre líneas.

El miedo a ser violadas limita la autonomía y libertad sexual de las mujeres, sostiene la periodista feminista Susan Brownmiller

Las familias intentan proteger a sus niñas de esas amenazas, limitando más sus movimientos que en el caso de sus niños. La psicóloga explica que confluyen un mayor paternalismo hacia las chicas con el imaginario de la violación por parte de un delincuente sexual en un descampado. En realidad, «es más probable que tu novio o tu marido te fuercen a tener sexo no deseado a que te viole un desconocido», expone. Aunque los abusos en el contexto de la familia son más habituales, resulta más sencillo alertar de los riesgos en la calle o en un viaje que los que puede representar un pariente.

Pero en muchas jóvenes, las ganas de explorar el mundo son más fuertes que las advertencias fraternas. A los 17 años, Aitziber le dijo a sus padres que quería irse a Escocia, sola. Tenía toda la pinta de que no la iban a dejar, porque el año anterior le habían puesto pegas a irse de fin de semana a Jaca con sus amigas. Efectivamente, no la dejaron. Ahorró y dijo a su familia que viajaría con o sin su permiso. «Aquella ruptura me permitió seguir viajando, eso sí, sin el apoyo ni económico, ni moral de mi familia». Desde entonces, ha pasado largas estancias en países como Brasil o Mozambique.

En otros casos, las viajeras no han tenido que ser rebeldes, mamaron el espíritu aventurero en su propia casa. Es el caso de Carmen Pérez: «Viajo desde que tengo uso de razón. Mis padres me metían en la maleta cada vez que salían de casa». A los 24 años inició un viaje de un año que volcó en el blog Trajinando por el Mundo. Ganó los Premios Bitácoras 2010 en la categoría de Viajes.

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La periodista argentina Florencia Goldsman creció en una familia de emigrantes; de hecho, la llamaron Florencia porque sus padres se exiliaron de la dictadura argentina en Italia. Sus tíos marcharon a España, Grecia e Israel, y sus amigas del colegio también salieron del país a edades tempranas. Para ella ha sido natural moverse por el mundo, primero con la excusa de visitar a familiares y ahora para hacer reporterismo freelance en países como Guatemala o Brasil. «Mi entorno me animó bastante, mi mamá y mi papá han sido socios capitalistas de mis viajes», agradece.

Nunca estás sola

Ana fue aún más precoz. Empezó a hacer escapadas por su País Vasco natal desde los 15 años pero optó por evitar la confrontación con su familia, que define como muy tradicional y machista. «El hecho de que una mujer viaje sola les parecía una locura. La primera vez que lo hice les mentí», reconoce. Hoy se define viajera independiente, lleva dos años recorriendo el mundo en solitario. Empezó por casualidad: después de años viajando con amistades o parejas, a los 28 años planificó una estancia en Guatemala con una amiga que canceló en el último momento. «Fue un reto decidir hacerlo de todas formas. Fue como abrir una puerta interna que jamás se ha vuelto a cerrar».

Suele viajar haciendo autostop. «Lo he hecho en casi todos los países del mundo», presume. Acaba de recorrer Latinoamérica, desde la Patagonia argentina hasta México, haciendo la mayor parte del camino a dedo. Cuenta que al principio no se imaginaba haciendo autostop sola en países como la India, «pero tuve tan buenas experiencias que me hice adicta; prefería ir a dedo porque era más divertido».

Alicia Sornosa, que se presenta como la primera mujer de habla hispana que ha dado la vuelta al mundo en moto, tampoco tenía planificado recorrer el globo en solitario pero ya lleva más de 40 países y 134.000 kilómetros. Todo empezó en un curso de manejo de motos donde conoció a un hombre que le propuso viajar con él. «Resultó ser una persona muy desagradable, me engañó. No me apoyaba ni me enseñaba, me utilizó como señuelo para darse a conocer. Me separé de él y me fui por mi cuenta. Así empezó la vuelta al mundo». Con esa experiencia amarga, Alicia aprendió que más vale sola que mal acompañada —«Es una verdad como un piano»—, y se lo recomienda a otras mujeres: «Se van a dar cuenta de que no están solas, de que siempre hay gente buena que te quiere acompañar y ayudar, mujeres y hombres».

Sin embargo, el miedo sigue frenando. Según un estudio de TripAdvisor de 2014, los hombres viajan en solitario un 14% más que las mujeres (el 87% frente al 73% ha viajado sin compañía alguna vez). Una explicación es que ellos realizan más viajes de trabajo, pero llama la atención que el elemento que más valoran las mujeres a la hora de planificar un viaje turístico es la seguridad, aspecto que los hombres relegan al tercer puesto en orden de importancia, priorizando otros como la cultura local.

Según un estudio de TripAdvisor de 2014, el elemento que más valoran las mujeres a la hora de planificar un viaje turístico es la seguridad

En las populares guías de Lonely Planet la sección para mujeres que viajan solas ya es un clásico. «Si se viaja con compañía masculina se reducen las posibilidades de sufrir molestias», se afirma en Ser mujer y viajera en la India. Carmen Pérez, gran conocedora y periodista medio asentada en este país, es crítica con «el bombo que los medios de comunicación dan a las agresiones sexuales» en un subcontinente asiático que ella ve «realmente seguro para viajar, seas hombre o mujer». No siente que el miedo haya condicionado su experiencia viajera. «Quizás yo no sea una referencia, ya que no he sentido miedo ni en Palestina, adonde viajé en pleno conflicto con Israel en la primavera-verano de 2014».

Mujer sola busca algo

«Muchas viajeras han informado de alguna forma de acoso sexual», advierte el post de Lonely Planet. Las enumera: comentarios obscenos, invasión de la privacidad, tocamientos, gestos provocativos, abucheos y encuentros «accidentales» en la calle, con persecución. Para la mentalidad machista, «una mujer que viaja sola transmite una invitación a los hombres, parece que está buscando algo», explica la psicóloga Miriam Lucas Arranz.

Itziar Marcotegi ha viajado por medio mundo sola y acompañada; entre otros lugares, ha recorrido África de cabo a rabo y lo cuenta en Un gran viaje. Opina que en muchos países los hombres tienen una imagen distorsionada de las mujeres occidentales, relacionada con cómo interpretan la libertad sexual que transmite el cine. «Muchos creen que siempre estamos dispuestas a practicar sexo, con cualquiera y en cualquier momento (sin tener en cuenta que nosotras elegimos)», lamenta.

Las viajeras citan contextos en los que el acoso machista es más acusado: los destinos predilectos para el turismo sexual femenino, como Senegal y Cuba; los controles migratorios de países centroamericanos, y climas represivos en los que las mujeres son excluidas del espacio público. «Egipto ha sido un país de tradición liberal, pero pasé antes de la primavera árabe, en 2011, y no se veían mujeres ni niños por la calle. El trato de los hombres fue muy desagradable, me tocaban el cuello y las manos, lo único que dejaba ver el traje de motera», recuerda Alicia.

Las zonas rurales alejadas de grandes núcleos urbanos ofrecen mayor tranquilidad a las viajeras. Eider apunta que en Marruecos se movió tranquila por los pueblos, «pero en las ciudades, en cuanto mi compañero se alejaba, me convertía en un objeto al que era lícito acosar».

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Lidiar con la culpa

En Sri Lanka, Ana conoció a un local en la playa, charlaron, quedaron para tomar algo. Él se mostró amable y divertido, fue una velada agradable. Hablaron de hacer una ruta en bici al día siguiente «sin mayor pretensión», pero esa misma noche, de regreso a casa, él le pidió un beso. Ella dijo que no, que eran amigos y que la amistad está bien. «Se me tiró encima, agarrándome las muñecas con una mano mientras que me intentaba tira al suelo poniéndome la zancadilla. Me manoseó. Después de un forcejeo, conseguí zafarme de él, empujarlo y salir corriendo».

El hombre la llamó por teléfono al hotel. «No quise contestar, empecé a mover muebles a la puerta, no pegué ojo en toda la noche. Me mandó un mensaje pidiendo perdón, que el alcohol le hizo perder la cabeza, que él no es así. Le contesté que tenía que aprender a respetar a las mujeres y que un «no» es un «no» en todos los idiomas del mundo». Ana pensaba quedarse en esa localidad tres días, pero decidió irse. «El trabajador del hotel me dijo que qué esperábamos si nos mostrábamos en bikini en la playa». El intento de violación hizo tambalear su seguridad, le costó volver a mostrarse sociable con los hombres desconocidos: «Finalmente decidí que cerrarme suponía cerrarme también a buenas experiencias».

En siete años viajando sola, Carmen ha sufrido dos situaciones de acoso desagradables. La primera, cuando se internó en un campamento en el desierto con un hombre que «una vez ahí intentó pasarse de la raya». La segunda, cuando tomó un taxi de madrugada a la estación en Perú y el taxista aprovechó para decirle «guarrerías» y meterle «bastante miedo en el cuerpo». «En ambos casos tuve suerte y salí del embrollo mostrándome firme y negándome a sus “proposiciones”, pero reconozco que fui imprudente… Ahora tengo más cuidado cuando elijo mis compañías y las horas a las que moverme».

La psicóloga recuerda que durante un viaje no se dan necesariamente más situaciones de acoso machista que cuando vas sola a un bar en España. Por tanto, para hacer frente a ese acoso, sirven las mismas estrategias de la vida cotidiana. Insiste en la importancia de «decir «no» sin remordimientos, quitarte de la cabeza ideas como que tú te lo has buscado, por viajar sola, por haberte metido en la boca del lobo».

Salir pitando sin pedir perdón

«Yo cuando viajo tengo el sexto sentido a tope. Cuando veo algo raro salgo pitando, ni pregunto», dice Alicia, que procura estar siempre en sitios públicos rodeada de gente, no se mete en un coche con desconocidos y no deja que la acompañen a la puerta del hotel. En Estados Unidos compartió ruta durante un día con un viajero mayor. «Cuando llegamos al hotel, el tío pidió también la llave de mi habitación; le di las gracias y acto seguido pedí otra habitación en recepción para que él no supiera en cuál me quedaba».

«Cuando haces autostop tienes cinco segundos para mirar a la persona que para y saber si estás a salvo o no», dice Ana. En su larga experiencia viajando a dedo, solo hubo una ocasión en la que tuvo que pedir al conductor que parase el coche: «No me sentí cómoda con su lenguaje corporal y su forma de mirarme».

«Tener miedo es normal», explica Itziar. «Se trata de enfrentarlo y superarlo. Si una tiene miedo de viajar sola, que empiece por un país culturalmente parecido o donde domine el idioma». Un paseo solitario por un monte cercano o el Camino de Santiago son posibles viajes de iniciación que sugiere Aitziber. Florencia recomienda echar un vistazo a grupos de Facebook como Feministas Mochileiras, y no dejar que «el discurso de la inseguridad, que está a la orden del día», frene las ganas de explorar.

No hay guía que no recoja estrategias de autodefensa para mujeres, como llegar al sitio antes de anochecer, no ponerse joyas o acortar conversaciones con desconocidos (Lonely Planet). La guía Viajeras sugiere entre otras cosas huir trazando un triángulo para desconcertar a un atacante o decirle que estás embarazada.

Sin embargo, Aitziber y Eider reclaman ir a la raíz: la falta de reconocimiento a la autonomía de las mujeres y a su derecho a ocupar el espacio público. «Cuestionar los estereotipos que moldean la identidad, las prioridades y los deseos de las mujeres es necesario, cambiaría su disposición a viajar», expone la escaladora.

Feminidad: ¿ventaja o inconveniente?

Hablando de estereotipos, la discrepancia llega cuando se trata de valorar el uso de los llamados «encantos femeninos». ¿La feminidad puede resultar ventajosa? ¿Valerse del paternalismo o utilizar la coquetería son bazas lícitas? Alicia lo tiene claro: «No hay que ir como una debilucha, pero las armas de mujer hay que utilizarlas. Una sonrisa, un llanto desesperado en un momento límite… Estoy orgullosa de haber lloriqueado en más de una frontera para pasar, de haber pestañeado para que me echaran una mano o de hacerme la simpática con un guardia para que me quite una multa. No he pagado ni una mordida en Sudamérica. Contaba que viajaba sola, me preguntaban “¿Y no te sientes insegura?” Y yo decía: “No, si están ustedes para velar por mi seguridad”. Me han llegado hasta a escoltar».

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¿La feminidad puede resultar ventajosa? ¿Valerse del paternalismo o utilizar la coquetería son bazas lícitas?

«Con la policía de todo el mundo sigue funcionando hacerte la niña tonta que no se entera de nada», coincide Ana, quien también confiesa haber utilizado su feminidad para conseguir cosas como visitar el mirador de un hotel que es sólo para clientes («vas bien vestidita, echas cuatro sonrisas y pasas»), entrar a un parque ecológico cerrado al público o que la inviten a comer en un hotel con vistas impresionantes.

Pero no todas son partidarias de esos sistemas. «Es seguir fomentando los estereotipos femeninos. Hay que pedir ayuda cuando se necesita, pero se puede hacer de una manera directa, sin recurrir a la melena seguro que también te ayudarían», defiende Itziar. Carmen se cuestiona el precio de los encantos femeninos: «¿Nos quejamos de machismo y luego hacemos uso de esa desigualdad para conseguir algo? ¿En qué lugar como mujeres nos dejan este tipo de comportamientos?».

Aitziber se siente más cómoda y segura tirando de masculinidad: «Caminar a lo John Wayne, hablar fuerte y poner cara de cabreo para que no te traten como alguien vulnerable funciona». Eider también conecta con su masculinidad para marcar límites a los que la tratan diferente por ser mujer. No lleva bien notar condescendencia por parte de sus compañeros de escalada: «Me ayudan a subir a lugares a los que yo sola subiría con mucha dificultad; sé que si yo fuera un hombre no estarían tan dispuestos a encordarse a mi cuerda».

Carmen se cuestiona el precio de los encantos femeninos: «¿Nos quejamos de machismo y luego hacemos uso de esa desigualdad para conseguir algo?»

La psicóloga lo tiene claro: «Utilizar tu cuerpo para conseguir lo que quieres no es el medio, es un engaño, alimenta el mecanismo patriarcal, estás insinuando que vas a dar algo a cambio de que te ayuden y eso puede implicar que se corroboren los estereotipos de género más negativos. Hay alternativa a ese tipo de conductas: pedir ayuda sin pestañear y sin dar a entender a la otra persona que quieres algo. La gente te ayuda igual. Igual no, con otra actitud, pero igualmente te va a ayudar».

Entre la complicidad y los privilegios

Una estrategia que la mayoría cita como sumamente enriquecedora es buscar la complicidad con las mujeres locales. «En muchos destinos, que una mujer viaje sola es raro y sorprende. Las mujeres se vuelcan en ayudarte, en “protegerte”. Se crea un vínculo muy especial y eso es impagable», explica Carmen. «Esta complicidad la he experimentado en un matatu de Kenia, en una cocina de Camerún, en una plaza en Turquía, en un puesto de comida callejera en Vietnam. Supongo que hay algo de sobreprotección, se ponen en el papel de madres y temen por nosotras. Creerán que una extranjera no sabrá desenvolverse bien en un entorno desconocido, porque posiblemente creen que a ellas les pasaría lo mismo si estuvieran en otro país», reflexiona Itziar.

«Ser mujer te da la posibilidad de acercarte a ambos géneros. Cocinar con ellas, charlar y bromear, ver cómo cambia su comportamiento cuando están sin hombres. Y la mayoría de las veces eres también aceptada entre los hombres. Puedes sentarte a fumar o a tomar cerveza con ellos, cosa que para las mujeres locales es impensable», explica Ana, que es consciente de que esa relación con los hombres refleja su estatus especial de extranjera; a ella le reconocen derechos que niegan a las locales.

Una estrategia que las mujeres consideran sumamente enriquecedora es buscar la complicidad con las mujeres locales

Ana a veces ha utilizado este estatus especial para intervenir ante situaciones de agresión machista: «Me he levantado a protestar cuando he visto a hombres restregarse contra mujeres locales en el transporte público o diciéndoles cosas a la oreja a mujeres que llevaban bebés en brazos. Me levanté y tuve que frenar ese acoso. Me hubiera encantado charlar con ella para que se sintiera apoyada. Doy gracias por nacer donde he nacido», recuerda.

Aitziber viajó a Cuba con dos amigas. Fueron al cine y no pudieron terminar de ver la película: varios hombres se sentaron junto a ellas y empezaron a masturbarse. Quisieron hablar con la dirección para poner una queja; la empleada les dijo que esa situación es el pan de cada día en La Habana, que habían intentado mil sistemas y no conseguían que ese tipo de individuos (tiradores, les llaman) desaparecieran de las salas. «Creo que hay que relativizar, porque expresar tu frustración de una forma demasiado airada ante algo que ellas viven cada día puede resultar etnocéntrico», reflexiona.

A Elizegi también le resulta muy complejo lidiar con sus privilegios de mujer occidental en otros contextos: «Me veo contradictoria y pija», confiesa. Sus claves son evitar los paternalismos y centrarse en aprender de las lugareñas: «Ha habido mujeres que me han enseñado el poder que ejercen desde un aparente lugar de sumisión». Alicia también recuerda con cariño las comidas que compartió con las musulmanas con las que viajó en un barco de Egipto a Sudán sin poder comunicarse en la misma lengua. «Que las mujeres nos llevamos fatal es mentira, eso es lo que ellos quisieran», asegura. «En el fondo nos mueve lo mismo; sabemos que somos las que movemos las familias, las que cuidamos el mundo. Estamos en un mundo de hombres y sabemos lo que es eso».

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